En los años noventa SYMPHONY X mantuvieron un ritmo
frenético de trabajo que nos brindó en apenas tres años verdaderas obras maestras
como The Damnation Game (1995), The Divine Wings Of Tragedy (1997) y Twilight
in Olympus (1998). La inspiración no decayó con V: The New Mythology Suite
(2000), otro trabajo de altísimo nivel. La carrera de la banda realmente
adquirió otro nivel con The Odyssey (2002) disco que tuvo un calado importante
dentro de los aficionados europeos al Power Metal. Ese álbum marca un antes y
un después en su sonido. Antes de The Odyssey se hablaba de Symphony X en
términos de Symphonic Epic Hollywood Metal definición que compartían con los
italianos Rhapsody. Estas etiquetas pueden, y deben, dar la risa pero también
llevan algo de verdad ya que la banda, siendo Metal, tenía mucho de sinfónico y
canciones muy épicas que no es nada descabellado comparar con las bandas
sonoras de las grandes superproducciones hollywoodienses.
Dos son los ingredientes que tiene The Odyssey que
suponen un antes y un después y los dos son igual de importantes. El primero
viene del jefe de todo esto, Michael Romeo, guitarrista excelso, virtuoso,
productor experimentado, máximo responsable de la música y de las letras… el
puto amo, vamos. Sin dejar del todo de lado su estilo melódico, rápido y
liviano introduce en la banda una agresividad sin precedentes a través de unos
riffs brutales y violentos muy al estilo Pantera. Y en segundo lugar, semejantes
zurriagazos de guitarra debían ir acompañados del correspondiente aumento de
rudeza e intensidad en la interpretación vocal de Russell Allen y así fue como
el excelente cantante consiguió llevar más allá su gama de posibilidades con
magnífico resultado. Desde entonces el ritmo de trabajo de la banda se ha
relajado. Problemas familiares y de salud supusieron que Paradise Lost tardara
cinco larguísimos años en ver la luz y el más reciente Iconoclast otros cuatro
años.
Existen, por tanto, dos épocas y dos sonidos diferenciados, el más rápido, sinfónico y melódico de la primera época y el más rudo, agresivo y contundente de la segunda. Y esta distinción me sirve para indicar que creo que en este Underworld la intención del Señor Romeo es la de retomar ciertos elementos del pasado sin renunciar a la senda elegida en la última época. Sólo diez segundos de la Overture nos sirven para confirmar que esto es un disco de SYMPHONY X. Es indudable que el trabajo realizado con los arreglos orquestales le ha dado a la banda una personalidad única. Ese inicio pomposo y grandilocuente marca de la casa hace que te vengas arriba y te entren ganas de tralla, deseos que se hacen realidad a través de la rápida y agresiva Nevermore con una base rítmica de garantías como la protagonizada por Mike Lepond y Jason Rullo, unos riffs inspirados con partes intrincadas que serpentean a la vez que Allen afronta las zonas más melódicas y los estribillos con los riffs gordos que se van modificando para dar lugar a momentos en los que la faceta más progresiva de la banda aparece.
retoman elementos del pasado
sin renunciar al sonido actual
Se confirma el buen comienzo de disco con Underworld en el que el sonido de la
guitarra varía según el momento tornándose más o menos áspero o más a menos
dulce en el tránsito de una parte a otra y Romeo añade unos toques oscuros a su
interpretación que funcionan perfectamente como contraposición a la luminosidad
y melodía del estribillo. Después de la épica desbordada por la intro y los dos
fogonazos siguientes nos viene muy bien relajarnos con la serenidad y sencillez
de Without You, que al principio sirve
de lucimiento para un Allen excelso, sube después de intensidad y acaba con una
pincelada de esos SYMPHONY X creadores de atmósferas épicas y sugerentes que
tanto echan de menos los acérrimos a sus primeros discos. Kiss Of Fire sigue en
modo inspirado con Allen en plan arrasador y Romeo riffeando y soleando a
muerte. En lo referente al sonido se encuentran cómodos desde hace tiempo en
los estándares que manejan desde The Odyssey dando prioridad, al igual que las
composiciones, al lucimiento de guitarras y voces en detrimento de los otros
instrumentos.
El álbum entra en un bache con Charon pero la interpretación de Russell Allen, llena de matices que
recuerdan por momentos a Robert Plant, salva momentáneamente la situación. El
tema más largo, To Hell And Back, comienza
insípido y no logra levantarse a pesar de introducir diferentes partes rápidas,
solos y riffs que no encuentran el camino. Se recupera un poco el pulso con dos
temas correctos como In My Darkest Hour
y Run With The Devil pero en los que es
imposible dejar de pensar que la banda se contenta en ellos con repetir ciertos
patrones que le dan resultado sin mayor intención. Convencen más los dos
últimos cortes. Parece determinante la participación del teclista Michael
Pinella en la composición de ambos y su posterior protagonismo ya que la balada
Swan Song gana en autenticidad
encontrándome de nuevo con unos SYMPHONY X reconocibles e inspirados. Debemos añadir
a los efectos colaterales del cambio de sonido de la banda la pérdida de
protagonismo de Pinella en los últimos álbumes y eso, en mi opinión, va en
detrimento del resultado final de sus trabajos. Un R. Allen muy en plan Dio al
principio nos introduce en la notable Legend
con unos minutos finales que configuran el momento más “Dream Theater” que le
oído a la banda en toda su discografía.
Underworld es un trabajo un tanto irregular que contiene
momentos muy inspirados y disfrutables al principio y al final del mismo pero que
comparten vida con tres o cuatro temas intermedios que no despuntan y carecen
de la chispa necesaria. Sin embargo, las cuatro estrellas se las tienen bien
ganadas gracias simple y llanamente a que Russell Allen realiza un despliegue
de talento digno de Matrícula de Honor. Si quieres disfrutar de un cantante en
pleno apogeo escucha este disco y entenderás a lo que me refiero.