Jorge López Novales (Oviedo, 1977) es un apasionado por la lectura desde niño. Amante del cómic, el rock y heavy, hasta extremos que rozan el fanatismo, es en la actualidad redactor y fotógrafo para Diario de un Metalhead. Coleccionista compulsivo, lleva más de veinte años guardando manuscritos de relatos y novelas, habiéndose presentado a varios Premios de Relato corto. Así consiguió el Primer Premio del II Concurso de Relato Corto El Tapín-Seprinsa del Ayuntamiento de llanera y el Segundo Premio Concurso Internacional e-libro “Creciendo desde las Bases”. Tiene ya varios libros publicados y con motivo del día del libro ha querido regalarnos unos relatos cortos. Que ustedes lo disfruten.
📝 Jorge López Novales.
Poco a poco olvidamos que el trato humano tiene valor, hasta relegarlo a frías máquinas y pantallas sin alma.
Al otro lado de la horizontalidad. En un lugar, en un universo donde la simiente universal alcanzó todos los confines conocidos.
La humanidad se sintió muy especial cuando descubrió el hiperespacio. Lo celebró como un bebé que acaba de balbucear su primera palabra y es aplaudido por sus padres por tamaño logro. No se tuvo en cuenta que cualquier sistema solar habitado tenía un punto de salto hacia aquel emplazamiento universal conocido como Crisol.
Estos puntos fueron creados por una raza ya olvidada que había alcanzado un puesto privilegiado en el designio evolutivo. Por suerte, la Tierra se hallaba en un lugar remoto y nadie había reclamado la explotación del Sistema Solar antes de llegar a este hito; un hito que otorgaba el estatus de raza inteligente y dejaba atrás la condición de animal sin seso. Nadie podía someter a una raza inteligente ni explotar los recursos de su área de influencia.
La Razor I, la pequeña cápsula —una sonda tripulada por John Anderson—, había atravesado la perturbación situada entre Júpiter y Marte tras consultar los datos de otra sonda que aseguraban que aquello no acabaría en una misión suicida… Lo que no aseguraban era el regreso.
Un momento, ¿hemos dicho hiperespacio? ¿Y por qué esto ya parece una mezcla de Stargate y Odisea 2001? Bueno, ya me he perdido. Sigamos con lo nuestro.
Sí, el hiperespacio: un lugar desde el que acceder a cualquier coordenada del universo, situado en la nada más absoluta, ocupando un espacio que quiere lindar con el infinito. Un término muy arraigado en la cultura popular humana para no dar demasiadas explicaciones cuando se quiere hablar de viajar de un lugar a otro en una historia de ciencia ficción y el autor no quiere quedar en evidencia por sus carencias formativas.
En el instante en que la sonda accedió al hiperespacio se produjo el primer contacto. Un campo de contención de las naves de protocolo que aguardaban al otro lado detuvo el proyectil humano. Siempre se activaba una alerta cuando una civilización ponía en marcha, por primera vez, un punto de salto. Aquella previsión impidió que Anderson se estrellara contra la embajada Myrtzz y evitó una guerra que habría aniquilado a la especie humana.
Y ante John se extendió la grandeza cósmica.
Era todo un espectáculo ver miles de estaciones inertes flotando en torno al enorme planeta llamado Crisol. ¿Cómo era? Los humanos lo percibían como una esfera luminosa que intentaba brillar en la oscuridad mientras devoraba la luz del hiperespacio.
Se empleó la energía de cinco soles moribundos para remolcar Crisol hasta allí; a su vez, desde diez accesos abiertos permanentemente, la descomunal mole se nutría de los fenómenos astrológicos más potentes de la galaxia. Lo habían encontrado enorme, abandonado y desaprovechado en mitad de la nada. Enseguida se apreció todo su potencial.
Crisol era un espacio común de interacción; allí se centralizaba el comercio. Su actividad nacía de las rutas directas establecidas entre las razas extraterrestres más afines. Entre sus habitantes se hallaban el cuerpo diplomático, científicos y trabajadores que procuraban cubrir todas las necesidades del planeta.
Una ciudad ocupaba casi toda su superficie. No había guetos; solo edificios en los que convivían razas con necesidades fisiológicas muy concretas. A pesar de contar con espacios abiertos, sería complicado que aumentara la población debido a las restricciones.
Tras el contacto inicial, la humanidad tuvo la ocurrencia de afirmar que había descubierto el hiperespacio y a todos los seres que lo habitaban. Por suerte, no tenía medios para imponer su criterio. Aquello coincidió con un periodo de paz relativamente prolongado en la Tierra, que había amansado a sus perennes señores de la guerra.
El acceso a Crisol estaba restringido a tres diplomáticos terrestres, con un pequeño despacho asignado y sin peso alguno en el Círculo. Para pintar algo allí era necesario construir una estación permanente, equivalente a una embajada, y uno de los requisitos para ponerla en funcionamiento era contar con la tecnología necesaria para construirla y trasladarla desde el sistema planetario de origen. Eso dificultó que la Tierra obtuviera beneficios inmediatos.
Aun así, una comisión científica se ocupó de suministrar tecnología para cubrir algunas carencias en el ámbito de la salud humana.
Pocas razas tan atrasadas habían llegado hasta allí con un conocimiento tan básico del ecosistema universal. Lo que suponía un dolor de cabeza permanente para el Círculo.
Dos años después llegó el siguiente paso en la integración… un paso poco común.
Kistr, el líder del Círculo, pidió a la ONU que la Tierra presentara una propuesta. Se iba a otorgar un espacio para un negocio en territorio Crisol y era más que probable que ninguna propuesta terrestre prosperase. Tendría que aportar algo útil a las demás razas.
Además, el gestor extraterrestre pidió que todas las propuestas, por disparatadas que fuesen, pasaran por sus manos y que cualquier ciudadano terrícola pudiera participar.
Así, el asunto se convirtió en una especie de concurso universal. Se presentaron millones de propuestas. Curiosamente, una de ellas triunfó.
Tras los sustos con la robotización —más exactamente, con una raza biónica que casi aniquila la creación—, se descartaba cualquier servicio tecnológico que pudiera ofrecer una raza tan primitiva. Arrastrar cien mil años de retraso complicaba mucho las cosas.
Además, había seres capaces de destruir planetas con un pestañeo en el cuerpo diplomático de Crisol, por lo que sería difícil despertar su interés.
El supremo se sorprendió al encontrar la propuesta que finalmente se impuso. No se habría aceptado ninguna otra...
Unos meses después, en Crisol se respiraba la calma habitual.
El señor Tito Menéndez miró al cielo artificial tras salir de su cómoda cápsula de viaje. Un corto paseo lo llevaría al espacio comercial B33, el área de interacción asignada al puñado de humanos que habitaban Crisol. Los habituales ya habían perdido la curiosidad por aquella criatura surgida de un callejón sin salida: la línea GHJ22 de la evolución, el camino de los primates.
Tito era un cincuentón con cargas menores de nanotecnología que le habían permitido agilizar los trámites aduaneros y ahorrarse unas cuantas vacunas. Carecía de pelo, lucía barba de varios días y tenía un carácter afable. Vestía una bata blanca y un delantal rojo con el logo de su negocio en la espalda.
La carnicería de Tito Menéndez era uno de los negocios más prósperos de Crisol. Con habilidad, había conseguido proveedores en múltiples puntos y aportaba productos terrestres que habían sido homologados por un laboratorio local.
Con alegría, subió la persiana y se colocó detrás del mostrador de su pequeño local. El mostrador refrigerado quedó expuesto al exterior.
El primer cliente era un plizzfr, una criatura tentacular que dejaba una baba particularmente corrosiva al desplazarse. Todo contacto era telepático.
—Buenos días, señor Tito. ¿Ha hablado con su delegación sobre el pedido?
—Señor Jynnx, me temo que lo más parecido a la carne humana que puedo ofrecerle es la de nuestra patente de laboratorio.
—Pero sabe que necesitamos obtenerla fresca tras el ritual —objetó el alienígena.
—Me encantaría ofrecerle a gente que conozco para sus sacrificios, pero las únicas criaturas vivas que puedo vender son las que han pasado el test de Stuart y, aunque por muy poco, los humanos lo han superado. No puedo hacer lo que me pide. Si lo prefiere, en mi cámara frigorífica tengo muchas cosas que se mueven y carecen de sistema nervioso.
—Tenía que intentarlo. A mi señor Chulfur le encantaría la textura de la carne humana… Bueno, quizá en la próxima alineación de planetas su raza suspenda el test. Póngame un kilo de groff, por favor.
—No descarto lo del test. Creo que la semana que viene empieza otra temporada de Gran Hermano —repuso el humano.
Tito negó con la cabeza. Era diestro con sus cuchillos, con brazos fuertes y precisos. Si hubiera querido enriquecerse, en un abrir y cerrar de ojos podría enviar a alguien como equipaje de mano en una aerolínea alienígena a un paladar de la élite.
La semana siguiente volvería a tener aquella conversación. Por lo que sabía, los plizzfr se habían comido a todos los mamíferos de su planeta y, si se descuidaba, el educado señor Jynnx le arrancaría la cabeza de un mordisco.
Arkazan Morris era un diplomático humano ignorado, con muchísimo tiempo libre, que había aprendido rápido cuál era su lugar en Crisol. Sus dos compañeros de delegación, más ansiosos por lograr avances, pronto serían vetados por un pequeño incidente de protocolo y regresarían a casa.
Arkazan se tomaba un café en una terraza mientras estudiaba uno de los miles de dosieres asociados a las razas con las que convivía. Desde su mesa observaba, con cierta envidia, cómo Tito interactuaba con cada cliente. Sabía instintivamente lo que cada uno necesitaba.
Una idea iluminó su mente. Se puso en pie y se dispuso a hablar con Tito.
—Buenos días, señor Morris. ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenos días. Voy a ir al grano antes de que el sentido común se imponga. Necesito que sea mi asesor y forme parte de mi equipo diplomático.
—Gracias, pero estoy en plena expansión. Si ese puesto afectara al negocio, perderíamos el privilegio en Crisol y nadie más podría explotarlo.
—Eres el humano más apreciado de este recinto alienígena. No te pido que abandones tu negocio. Estamos demasiado acostumbrados a delegar en máquinas y dispositivos móviles… Ya nos cuesta tratarnos los unos a los otros. Somos altivos, demasiado orgullosos. ¿Por qué, si no, nunca imaginamos que una propuesta tan sencilla como la tuya iba a triunfar?
—Atrás tengo un uniforme de reserva. Póngaselo y póngase a trabajar conmigo; le enseñaré todo lo que sé —repuso Tito.
© Jorge López Novales 2026.



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