📝 📷 Mar Fu.
El pasado sábado 18 de abril, tras algunos meses de espera, por fin llegaban a Léon dos bandas históricas y míticas de nuestro heavy metal nacional, BARÓN ROJO y OBÚS (en ese orden).
Se esperaba mucho este evento, pero la afluencia de público fue algo escasa (muchas caras conocidas, eso sí, los rockeros leoneses andaban por allí, ¡cómo no!). Dentro del Palacio de Congresos de la ciudad se consiguió un buen ambiente rockero, cómodo y sin apretones, pero, aunque era una tarde de eventos deportivos varios, sorprendió que no se llenara más. Aunque en los últimos años yo les había visto alguna vez por separado, ya tuve la oportunidad de ver su primer concierto conjunto, hace siete años, en la madrileña sala La Riviera. Y esta noche en León me pareció que volvía a ver casi lo mismo, con pocas diferencias. Si hace siete años vivimos una noche histórica en la capital del país, esta vez vivíamos otro evento a recordar en la capital del Reino. Nuestros dos grupos heavies más legendarios llevan ahora ya algún tiempo compartiendo viajes y tablas, en su gira conjunta para celebrar tantos años de exitosa trayectoria en ambas formaciones. Y, sin embargo, me pareció estar viviendo un "déjà vu", un retorno a un pasado no muy lejano.
Hace siete años, eran los vallecanos OBÚS los que iniciaban el evento. Esta vez dieron la vuelta al cartel, y con mucha puntualidad salieron al escenario los cuatro miembros de BARÓN ROJO. Y fue mejor así, ya que, sin desmerecer la intensa labor de los madrileños, se notó el paso del tiempo y que algunas cosas... ya no son ni nunca serán lo que una vez fueron. BARÓN ROJO no necesita presentación a estas alturas, menos aún para una audiencia de edad relativamente avanzada que ha crecido y vivido con ellos durante las últimas décadas. Pero en fin, algún telón de fondo con su nombre, su logo, su Barón pilotando la nave... un poco de parafernalia metalera o algún efecto visual acorde con lo que se iba a producir allí... habría decorado las fotos y habría dado un sentido algo más profesional y más festivo a la actuación. La sobriedad reinó sobre el escenario mientras los hermanos De Castro en las voces y guitarras, José Luis Morán al bajo y Rafa Díaz en la batería desplegaban su arsenal.
No importa, fuimos a escuchar música y la tuvimos. El setlist de los barones fue más o menos el esperado, precisamente el que fuimos a buscar. Con buen sonido (sobre todo a cierta distancia del escenario) y buenas luces, los veteranos rockeros nos regalaban algunos de sus numerosos grandes éxitos. Carlos De Castro se mostraba esta vez algo más entregado que hace siete años, encargándose de la voz principal (con la calidad justa, recordad que todos nos hacemos mayores) en la mayoría de los temas, y de ejecutar afilados solos de guitarra o melódicos duelos de cuerdas con su hermano. Todo ello sin ofrecer demasiados gestos o sonrisas, de eso se encargaba el otro De Castro. Armando fue de nuevo el más gesticulador, sonriente y participativo del grupo (seguido de cerca por Morán). Con su minúscula guitarrita pintarrajeada, nos regaló los solos más agudos y acompañó a su cosanguíneo en las voces (y aquí fue donde tal vez captamos algún fallo más, los coros a dúo sonaron algo descoordinados e irregulares). Y nos invitó varias veces a participar de la fiesta con ellos.
Morán al bajo fue muy efectivo, muy empático con el público y se le vio muy integrado ya con sus compañeros (tras su estreno con la banda unos meses antes de ese concierto de hace siete años). Dio mucho juego y aportó buen apoyo a todos los temas históricos. Lo mismo hizo Rafa Díaz, batería ya veterano en BARÓN ROJO, muy potente y efectivo, como siempre, si bien su capacidad de interactuar con el público quedaba anulada tras la pantalla transparente que salvaba a sus compañeros de quedar sordos ante tanto baquetazo. Y los temas clásicos que forman ya parte de la historia musical de nuestro país iban cayendo uno tras otro, bien coreados por los presentes: arrancando con un significativo “Seguimos Vivos”, disfrutamos del “Baile de los Malditos”, “Tierra de Vándalos” y “Tierra de Nadie”, "Incomunicación”, la popularísima “Concierto para ellos”, “Los rockeros van al infierno”, “Cuerdas de acero” unida a “Hijos de Caín”, y cerrando así su actuación de hora y media de duración. Echamos de menos “Resistiré” y alguna más.
Personalmente, me pareció una actuación correcta, pero (como hace siete años) algo fría y monótona por parte de los músicos madrileños. Sin ánimo de jubilar a nadie, ni mucho menos (las crónicas del reciente concierto de Armando de Castro con su propio proyecto, hace poco en Madrid, informan de que el virtuoso guitarrista está en plena forma), tal vez sería cuestión de ir pensando en darle ya un punto final real a este “último vuelo” que se supone que llevan realizando más o menos desde que empezó la década actual (o incluso antes). Las nuevas generaciones están a otra cosa (ellos se lo pierden o no, cada edad y cada nueva remesa de rockeros tiene su momento y van renovando el género, a su gusto, que no tiene que ser el de todos). Los rockeros clásicos sienten una punzada interior al ver que el inevitable paso del tiempo hace mella de forma lógica y “esto ya no es lo que era ni podrá volver a serlo”. Si BARÓN ROJO vuelve a León, ¿les daremos otra oportunidad?
Y entonces, tras una fría despedida y una rápida recogida de los primeros, llegaron los segundos protagonistas de la noche y caldearon el ambiente enseguida. Si hace siete años OBÚS tampoco se había mostrado en su mejor momento abriendo aquella noche madrileña, esta vez sí. Un Fortu que recientemente había sufrido una lesión de menisco (de hecho, se le vio frotando su rodilla alguna vez), fue el maestro de ceremonias perfecto para otra hora y media de buen heavy metal y rock n’ roll cañero, bailón y divertido. Con un escenario mucho más decorado (con telón trasero y biombos laterales) y algunos efectos visuales adecuados (humo, confetti…), con luces más variadas y muy buen sonido, los de Vallecas hicieron que nos divirtiéramos de lo lindo. No doy detalles de todo lo que pasó en esa media hora, porque esta crónica se haría eterna.
En un repaso rápido os cuento que “Necesito más” comenzó a darnos lo que necesitábamos y buscábamos esa noche. Fortu, en un estado de forma juvenil, guasón y pletórico, llenaba el escenario de juegos malabares con su pie de micro multicolor e integrador, y no dudaba en saltar y brincar pese a la lesión ya mencionada. No se dejaba ni uno solo de los gestos incluidos en su amplio catálogo personal: cuernos, lengua, besos, sonrisas, toqueteos insinuantes, gestos cómplices a sus compañeros (sobre todo a su inseparable Paco Laguna), pullas a los que se quedaban pegados a la barra, amago de ligoteo con alguna fan de primera fila, declaración explícita y directa de “NO a la guerra”, petición de que todo el mundo encendiera las linternas de sus móviles para dar ambiente, nos reñía por cantar “flojo”, abrazaba a la primera fila del público desde el foso… El momento más emotivo fue sin duda cuando su pequeña nieta Nirvana aparecía en el escenario con una tarta, para celebrar nada menos (y con unos días de adelanto) que el 72 cumpleaños de su inigualable abuelo (y yo pensando en que mis querídísimos abuelos fueron tan diferentes… o espera, el abuelo diferente es Fortu…). Ah, y por cierto, cantaba bien, con buena voz y mucha energía para esos casi 72 años ya.
Fortu no estaba solo. Paco Laguna no daba tanto show como su colega, pero sí gesticulaba y saludaba, y nos incitaba a jalear mientras nos regalaba sus solos sonoros y agudos. El que sí gesticulaba ampliamente, mostrando el tremendo chorro de energía que aplicaba al rascado de sus cuerdas, era el retornado Fernando Montesinos, bailón e imparable en todo momento. Y el grande Carlos Mirat, sin pantalla y claramente visible tras su instrumento, demostraba que no hace falta una batería enorme tras la que esconderse para aportar una base rítmica poderosa y contundente. Solo abandonó su puesto (como siempre) y se lo cedió precisamente al polifacético Fortu cuando, por esta vez, cambió la ya tradicional escalera por una valla de seguridad en vertical para demostrar de nuevo que se puede hacer música casi con cualquier cosa.
De nuevo fueron cayendo grandes éxitos con los que hemos crecido y vivido, alguno algo prolongado para dar un poco de respiro al incombustible, pero humano al fin y al cabo, Fortu. “La raya”, “El que más”, “Pesadilla Nuclear”, “Te visitará la muerte”, “Que te jodan”, “Dinero, dinero”, para acabar en las imprescindibles “Va a estallar el Obús” y “Vamos muy bien”, un tremendo fin de fiesta antes de que los bises con “Autopista” y “Solo lo hago en mi moto” dieran el cierre final a la gran actuación.
Fue una buena noche de rock n’ roll y heavy metal clásico e histórico, en la que hubo muchos detalles y faltaron algunas cosas. Habría estado bien ver un acto final conjunto, por dar alguna idea. En cualquier caso, fuimos, lo pasamos bien, y… veremos cómo siguen ambas bandas en el futuro y cómo reaccionamos todos a lo que venga. Muchas gracias a Artistik Producciones por todas las facilidades para fotografiar y redactar, y por traernos estos eventos imprescindibles a nuestra pequeña gran ciudad. Y por supuesto a BARÓN ROJO y a OBÚS por su gran entrega, incondicional y generosa siempre.
© Diario de un Metalhead 2026.











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